martes 16 de junio de 2009

Somos invencibles

Yo no tuve orla. Fue por culpa de un pensamiento supersticioso. Poco antes de terminar la carrera me iba muy mal con los estudios y creía que si me hacía la foto de la orla (es decir, si me hacía una fotografía como si ya estuviera licenciado) tentaría a la suerte y mi sueño no se cumpliría. Por eso no me hice la foto, por eso no salí en la orla y por eso, posiblemente, muchos antiguos compañeros (por no decir casi todos) ya se habrán olvidado de mí.

Cuento esto porque desde hace unos días, unos ex-alumnos (que ahora son nuevos periodistas y, sobre todo, personas muy apreciadas por mí) me han enviado las orlas de sus grupos. En ellas, como profesor, tengo el honor de aparecer. Éste es mi cuarto curso en la Carlos III y he comprobado, con algo de timidez y orgullo, que aparezco en la orla de cinco grupos. Para un docente, aparecer en esta fotografía colectiva es emocionante, un sentimiento pequeño pero que llena mucho, uno de los mejores premios: antiguos alumnos valoran tu trabajo, te recuerdan y quieren seguir recordándote a lo largo del tiempo.

Y allí estoy yo, a veces por las esquinas, a veces por el centro de los profesores que los alumnos han elegido.

Pero lo mejor, lo más importante, son ellos, son los alumnos, mejor dicho, los ex-alumnos, los ya nuevos periodistas. Hay algunos que miran a la cámara con desparpajo, como el jugador de fútbol portentoso que está a punto de hacer un regate al futuro. Hay otros serios, muy serios, con la mirada concentrada, como si estuvieran a punto de lanzar un penalty al destino. Tanto en unos como en otros veo luz en sus ojos, adivino emoción, intuyo sueños, puertas inmensas que se abren, aventuras que están a punto de ser vividas.

Cuando un profesor aparece en una orla es testigo de todo eso. Y quizá de muchas cosas más. Porque al formar parte de los recuerdos de una persona, uno va con esta persona a todos los lados. Así que yo, disfrazado de recuerdo, entraré de nuevo en una redacción escondido en un bolsillo de la chaqueta de un nuevo periodista. Asisitiré de nuevo a una rueda de prensa, estaré al lado de quien escriba un artículo. Más tarde, dios mío, volveré a ser consultor de comunicación y daré consejos a clientes (consejos que, evidentemente, no serán tenidos en cuenta en la mayoría de las ocasiones). Disfrazado de recuerdo compartiré con los ex-alumnos algunos nervios, aungustias y frustaciones. Y como los recuerdos somos invencibles, cuando algún jefe o compañero hijoputa nos haga alguna faena diremos para nuestros adentros: "Con nosotros no vas a poder".

Vivir en los recuerdos de las personas es multiplicar la vida, sentir dobles los latidos. Vivir en el recuerdo, paradójicamente, es formar parte del presente y asegurar el futuro.

Por eso, desde hace varios días, tengo un increíble sentimiento de gratitud. Muchas gracias, chicos, por ese hueco, por ese pasado, presente y futuro. Ha sido un honor. Todo va a salir bien. Nos volveremos a ver, como decía Baroja, en una vuelta del camino.

domingo 7 de junio de 2009

El extranjero

Era un local pequeño y en penumbra. El viejo cantautor hizo una pausa al terminar una de las canciones. Estaba sentado en un taburete, con la guitarra apoyada en las piernas. Se giró a la derecha, alargó la mano y alcanzó un vaso de agua. Bebió con parsimonia. Luego, tras dejar el vaso en su sitio, se atusó la caballera y la barba, que los años habían tornado de marfil. Tenía una duda: ¿con qué pieza continuar?

Entonces, la voz de una chica se oyó entre el público: ella le pedía una canción, una canción muy específica. El viejo cantautor sonrió, suspiró y acometió los primeros acordes de aquella melodía.

El cantautor no era otro que George Moustaki, aquella chica era mi hermana Carmen y la canción que le pidió (una de mis preferidas) era Le métèque (El extranjero).

No olvidéis ser felices. Ah, por cierto, la foto ni fue tomada por mí ni se corresponde a ese día, sino que la he encontrado en el baúl de las sorpresas de Youtube. La historia, totalmente cierta, ocurrió hace muuuuuucho tiempo.

domingo 17 de mayo de 2009

La victoria del ñu

Llegaba tarde a casa, casi a las tres, en plena solana. Y como no tenía nada en la nevera y sí un hambre de mil demonios, decidí comer de menú en un bar que está al lado de la parada de autobús.

El camarero, un chico joven, estaba en la barra cuando entré en local, pero tenía tanto trabajo que no reparó en mi presencia. Era delgado y bajo, muy bajo, rubio, con cara aún de niño y mohín de agobio.

-Quisiera comer. De menú -apostillé.

Él me recitó de memoria los platos del día. Tenía acento eslavo y evitaba mi mirada quizá por vergüenza. Era su primer día o casi. Entonces pensé que no sólo se debe prohibir trabajar a los menores, sino también a los que lo parecen, porque aquel chico -lo juro- tenía cara de estar pasando una tarde de las malas y de que el asunto se le estaba yendo de las manos.

Mi elección: macarrones y chuleta. El chico se movió presto, me colocó un mantel de celulosa en la mesa, una cestilla con pan, me anotó la bebida con su boli de tecla y, como debía cumplir con más mesas y más encargos, salió como alma que lleva el diablo. Hasta ese momento no me había dado cuenta, pero en el bar había mucha clientela, en general tipos rudos con caras de pocos amigos y mucha prisa. A un par de metros de donde me sentaba, tres encorbatados se reían del chaval, no sé si de su acento, de su aspecto o de su agobio.

Me acordé de esos documentales en los que hay imágenes de ñúes y gacelas cruzando ríos repletos de cocodrilos. Aquel muchacho era un ñu pero así de grande, un ñu con cara de despistado o de "mira, cocodrilo cómeme ya de una puñetera vez, que me doy por vencido".

Los macarrones estaban muy buenos, con una salsa de tomate ligera, fantástica. La chuleta tampoco estaba mal. Y la cerveza, por cierto, estaba en su punto frío.

¿Quién sería aquel chico? ¿Qué haría en un pueblo de la sierra de Madrid, a kilómetros de distancia de su ciudad natal, aguantando a unos cuantos idiotas?

Entonces recordé que, cuando terminé la carrera, me pagué el doctorado trabajando unas semanas en Barajas, haciendo encuestas. Antes, yo ya había trabajado en un medio de comunicación. Por lo tanto, hacer encuestas, dar ese paso atrás, era algo que nunca podría escribir en mi currículum. Pero tenía que pagarme el doctorado. Éste no era exactamente un sueño (mis sueños son más íntimos y casi secretos), pero sí una meta vital, un objetivo, una apuesta, un órdago. Mi madre ya estaba muy enferma cuando terminé la carrera, y creo que era la única persona que confiaba en que esa jugaba iba a salirme bien. Aunque estuviera licenciado, aunque trabajase en el futuro en más medios de comunicación, aunque escribiera y escribiera, no tener el doctorado era faltar a una promesa, haberme rendido, haber dejado de creer en que podía hacerlo. No podía fallar: Dios, ¡tenía que pagarme el doctorado!

Durante unos días, juro que fui el tipo que hacía las mejores encuestas de todo Madrid.

En ese trabajo recibí todo tipo de contestaciones: unas buenas y otras malas; encontré gente encantadora, gente hija de puta y gente a secas. Recuerdo dos actitudes que me enfadaron. La primera, la de un cámara de televisión (viajaba con la máquina a cuestas) que, mirando al compañero con el que iba, se descojonó de mí cuando le pregunté si podía hacerle unas "preguntas sobre la ampliación de Barajas". La segunda, la de una marujona que me puso cara de pena y me dijo que me contestaba al cuestionario porque no querría ver nunca a su hijo haciendo encuestas. Lo dijo así, lo juro, sin cortarse un pelo. Durante un tiempo, a ese trabajo siguieron otros más, todos precarios, todos grises y todos inventados en tardes de invierno.

Pero, años después, cuando recibía el birrete doctoral de manos del rector de mi Universidad, delante de mi padre y de la chica de la que estaba (y estoy) enamorado, y que después se convertiría en mi mujer, me acordé de todos estos capítulos, de trabajos buenos y malos. Pensé que todo tiene sentido y que merece la pena pasarlo mal si, al final, se tiene algo por lo que luchar y se sabe dónde está la meta. A raíz del doctorado puedo decir, creo, que mi suerte laboral empezó a cambiar, pues encontré trabajos interesantes. Hoy tengo el empleo más bonito del mundo gracias a ese título, a ese doctorado, a esa tesis, de la que algún día hablaré.

¿Debía tener pena del chaval que me servía? De repente me acordé de aquella maruja. Y pensé que no, de ninguna manera, de ninguna manera. Ese chico, precisamente por ponerme en la mesa un plato de comida, merecía todos mis respetos.

Cuando me retiró el primer plato le dije:

-Los macarrones estaban fantásticos, de verdad.

Me miró sorprendido. "¡Muchas gracias!", contestó. Al cabo de un rato, me trajo un postre decorado con nata y chocolate. Me hizo ilusión: pese al follón del bar, él se había tomado su tiempo en presentarlo de forma cuidadosa, con mucho esmero.

Nos dijimos adiós y nos deseamos buenas tardes, esta vez mirándonos a los ojos, claro que sí. Cuando salí a la calle, el sol había dejado de picar y entonces supe que el chico tendría suerte. Que, quizá, algún cocodrilo le haría algún que otro rasguño; que, quizá, algún cazador le tendría alguna vez en el punto de mira de su rifle. Pero que, al final, tras una larga travesía, tras una dura migración, llegaría a su destino. Seguro que sí.

Encendí mi mp3. Sonó esta cancion:



Por favor no os olvidéis de ser felices.

lunes 13 de abril de 2009

"El Atleti somos nosotros"

Me encanta el fútbol; no puedo evitarlo. Me encanta ir al campo y saludar a los vecinos de asiento que, tras años y años de domingos de infarto, ya se han convertido en mis amigos. Me encanta comentarles cómo ha ido mi semana y que me comenten cómo ha ido la suya. Me gusta hacer pronósticos con J. y hablar de nuestro entrenador con N. Delante de mí se sienta un chico que viene desde Burgos, y que asegura que nunca viene solo al campo, pues lo hace (y dice esto señalando a las gradas) con cerca de 50.000 amigos. Recuerdo el abrazo que nos dimos cuando marcamos un gol importante, importantísimo. Parecíamos dos críos.

Corrijo lo dicho: ni me encanta el fútbol ni me gusta ir al campo. Miento. Me encanta el Atleti e ir al Calderón. Creo que ya lo he dicho todo. En el fútbol hay varias categorías de seguidores: los forofos, los aficionados y los expertos. Los que vamos a ver al Atleti no estamos en ninguna de estas tres categorías. Vamos a ver al Atleti y punto. Que ganan, pues cojonudo. Que pierden, pues peor para ellos. Total, nuestras vidas van a ser las mismas suceda una cosa u otra.

Muchas personas me han preguntado por qué a los hombres más o menos maduros, más o menos serios y más o menos establecidos en esta Gran Güasa que se llama Vida nos gusta una afición tan estúpida como el fútbol. Hay mil razones, pero creo que la fundamental es porque en un campo puedes ser un niño sin que a nadie le extrañe. He visto tíos altos y fuertes como castillos llorar por una eliminación maldita o por un robo arbitral a mano armada. He visto a 50.000 personas felices, cantando y riendo al unísono (y eso no se paga con nada en el mundo). He visto cómo a Fernando Torres ya no le llamábamos ni Torres ni Fernando Torres, ni siquiera por su apodo (El Niño), sino Fernando, porque era y es un amigo querido o un hermano. He visto cómo nos entristecimos cuando se fue. Pero también veo cómo ahora triunfa en el Liverpool y cómo nos sentimos orgullosos de ello.

La segunda razón por la que nos gusta el fútbol o, mejor dicho, los colores rojiblancos, es que el Atleti es como la Vida: nos trae lo mejor y lo peor y debemos estar preparados. Y siempre, siempre, siempre, hay que levantarse, hay que preparar el siguiente partido, hay que intentar ganarlo. En el Atleti, como en la vida, los milagros tienen lugar cada muuuuucho tiempo, pero cuando ocurren son la puta leche.

Sin embargo, la tercera y última razón por la que me gusta el fútbol (qué digo, mi equipo) es que El Atleti somos nosotros. Os cuento. El Atleti somos nosotros es el título de un libro, pero es algo más. Ahí va la historia, que yo mismo presencié:

Sucedió hace unos años, cuando el Club celebraba su centenario. Los aficionados pasearon por la calle la bandera más grande del mundo, hubo todo tipo de actos, comidas, reencuentro con ex-jugadores. Y un partido, un maldito partido de Liga. Contra el Osasuna, para más señas.

Docenas de autoridades presenciaban el encuentro desde el palco, presidido honoríficamente por nuestro Príncipe, Felipe de Borbón, reconocido atlético.

Y ocurrió lo que tenía que ocurrir: que el partido fue un desastre total, que el equipo no dio ni una, que perdieron. Ese encuentro fue el prólogo de un fin de temporada desastroso que nos alejó de Europa.

Cuando el árbitro pitó el final del partido, las 50.000 personas que estábamos allí quedamos enmudecidas. Lo que iba a ser una fiesta se había convertido en una broma de mal gusto. Por megafonía anunciaron que iban a lanzar fuegos artificiales. Era lo último. ¡Fuegos artificiales! Parecía de cachondeo. Entonces empezó a suceder otra historia, una intrahistoria, o, quizá, una anécdota más importante que el propio partido. Todo el público empezó a cantar el himno del Club. Alto, alto, alto. Altísimo. Tan alto que, durante unos segundos, enmudecimos el estruendo de unos fuegos artificiales, falsos, tristes, llenos de penas. Momentos después, todo el Calderón, en pie, coreó:

El Atleti somos nosotros.

El Atleti somos nosotros.

El Atleti somos nosotros.

Daba igual que once jugadores vestidos con la rojiblanca ganaran o perdieran. De lo que nos dimos cuenta es que algo ocurrió en el pasado, ocurre en el presente y ocurrirá dentro de muchos años: el Atleti es y será su afición. Dios mío, la mejor del mundo.

Para empezar, os dejo un corte del antigüa sección Lo que el ojo no ve, que se emitía antaño en El día después, de Canal Plus.



El mejor spot que he visto en mucho tiempo. ¿Cómo dos soldados enemigos en una cruenta guerra civil pueden encontrar algo en común?:




El resumen de uno de los mejores partidos de la temporada, que se ha visto, por cierto, en el Calderón: Atleti, 4 - F.C. Barcelona, 3. Empezó ganando el Barcelona 0-2. El resto queda para la Historia:



Por último, el vídeo del partido que nos devolvió a Europa.



Que seáis felices. Ah, los milagros ocurren, no lo olvidéis.

lunes 6 de abril de 2009

Luis Manuel Ferri y sus Cartas amarillas

Se llamaba Luis Manuel Ferri Llopis y yo siempre había escuchado su voz. Me había acompañado desde pequeño, en aquella casa de mi infancia. Siempre oí decir a mis padres: "Qué bien cantaba este hombre". Reconozco que me parecía fuerte, quizá demasiado. Pero era y es una voz de luz, de ésa que llega a las esquinas del alma y que las templa sin quemar.

Pasaron algunos años. Crecí. Cambiaron mis gustos. De vez en cuando, otra vez, la voz de Luis Manuel. Un día oí una canción suya que me dejó helado: Cartas amarillas. Entonces supe que tarde o temprano me gustaría, que me gustaría en serio. Quiero decir: que me tomaría el trabajo de escuchar todas sus canciones, hallar los paralelismos, empaparme de su vida, comentar con otros el sentido de su música. Casi sin querer llegaron a mí anécdotas suyas: que era un gran tímido, que era amigo de sus amigos, que siempre recordó de dónde salió (un pueblo de Valencia), que ayudó a los que querían empezar.

Hace unos días, mientras me duchaba, oí que hablaban de él por la radio. De Luis Manuel, de su voz prodigiosa, capaz de ser fuerte y delicadísima al mismo tiempo. Dijeron que iba a estrenarse en breve un musical dedicado a su vida.

Luis Manuel Ferri Llopis, más conocido como Nino Bravo, tenía una mujer, dos hijas y menos de treinta años cuando un accidente de coche cortó su vida.

Os dejo una actuación suya. Su voz es en directo. Dios mío.

jueves 2 de abril de 2009

Deseando amar

Hace unos días, publiqué un post dedicado a My blueberry nights. Alguno de vosotros, a través de la bitácora, por mail u otros medios me recomendasteis In the mood for love (Deseando amar), también del director Wong Kar-Wai, y que era una de mis asignaturas cinéfilas pendientes. Todos me hablasteis maravillas de ella.

Ayer la vi. Estábais equivocados: la película no es buena.

Es, sencillamente, una pa-sa-da. Viéndola me di cuenta de que la poesía tiene imágenes en movimiento, colores y música.

Gracias por la recomendación.

Me gustó especialmente la banda sonora, una obra de arte de la que nuestra amiga Amelie ya me había hablado.

lunes 30 de marzo de 2009

Lo bueno está por llegar

Lo bueno de esta repentina vuelta del invierno es que podremos disfrutar este año de dos primaveras. Y la Vida nos traerá muchas, ya veréis.

Por favor, no olvidéis ser felices.