Unas gafas muy especiales

viernes 30 de octubre de 2009

En los primeros días del otoño, Mónica, mi hija mayor (de cuatro años), estaba a punto de empezar sus clases de natación. Afrontaba el reto muy contenta: el pasado verano, gracias a la perseverancia de mi mujer, había aprendido a nadar sin flotadores y sin ayuda de ningún tipo.

Como sus viejas gafas de piscina se le habían rayado mucho, un viernes por la tarde, en uno de nuestros paseos, nos dirigimos a la tienda de deportes del pueblo con la intención de comprarle unas nuevas. Mi mujer se quedó en la calle con María (dormida en su cochecito) y Mónica y yo pasamos a la tienda. Le elegí una gafas bonitas, grandes y de un color maravillosamente azul. Me las puse un momento y comprobé, asombrado, que la tienda y la calle se veían con una nueva luz; eran distintas a mis ojos. Eran, si cabe, más bonitas y alegres.

-Éstas son chulas, Moni. ¿Te las quieres probar?

-No.

-Venga, hija, ¿te las pruebas?

-No.

-Hija.

-No.

En fin. No quise insistir. Pagamos las gafas y salimos a la calle. Una vez fuera, Mónica me dijo:

-Papá, quiero probarme las gafas.

Vaya. Lo primero que se me pasó por la cabeza fue preguntarle por qué entonces sí y hacía dos minutos no. Pero, bueno, tampoco quise tener una discusión en plena calle. Así que saqué las gafas de su funda y se las di. Parsimoniosamente, mi hija se las puso. Primero, sobre la frente, apartándose el cabello de la cara; luego se las bajó hasta encajárselas sobre los ojos.

Miró arriba, miró abajo. Miró a la izquierda y a la derecha. Noté cómo focalizaba de cerca y de lejos.

Yo estaba un poco mosca. ¿Y si no le gustaban?

De repente Mónica me dedicó una sonrisa maravillosa. Me dijo: "Papá, me has comprado unas gafas para ver el mundo".

"Para ver el mundo", había dicho. Y recordé que, minutos antes, el entorno me había parecido mágico gracias al tinte azul de las lentes.

Mientras volvíamos a casa, me sentía el padre más feliz del Universo.

(*) La foto no es de Mónica. Es una imagen de Microsoft Clipart.

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Passionate kisses

sábado 17 de octubre de 2009

Se acostumbró a llevar siempre un reproductor de música en el bolsillo del abrigo. Aquel invierno parecía larguísimo. Cuando él salía de la oficina, atravesaba en el autobús las calles del centro. Le gustaba mirar a la gente que salía de los grandes almacenes mientras oía música por los auriculares. La vida estaba allí, tras el cristal. Pero, ¿por qué no se atrevía a cogerla? ¿Por qué no salía tras ella? ¿Sería cuestión de tiempo?

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Uuh, uuh, baby, baby (o cómo ser George Michael perdiendo completamente el decoro)

sábado 26 de septiembre de 2009

Por entonces yo tendría veinticuatro o veinticinco años y ya estaba escribiendo mi Tesis. Atravesaba una época, digamos filosófica (por no decir completamente idiota) y gastaba mis tardes en ser un lobo estepario, leer, escribir, ir al cine o escuchar música a solas en casa. Por esa época, también, me reencontré con Willy, un amigo de la niñez con el que hacía años que no me veía, y acordamos que teníamos que salir juntos un sábado por la noche para tomar una copa.

Cuando el sábado convenido nos saludamos en el bar donde habíamos quedado, Willy se dio cuenta de que íbamos muy bien vestidos, casi a la moda, y propuso que fuéramos a una discoteca.

-¿Una discoteca? -le pregunté-. ¿Tú estás loco?

-Que sí, hombre, que sí, que nos lo pasaremos bien.

Mi amigo me convenció y marchamos a un conocido local del centro. Por el camino nos pusimos al día de nuestras vidas, de todas las aventuras y desventuras que nos habían pasado en los últimos tiempos y de nuestros gustos literarios, cinéfilos y musicales.

-A mí me gusta George Michael -espetó.

-¿Quéééééééé? -respondí, sorprendido-. Pero si es un hortera. Sólo un hortera puede cantar una canción que se llame I want your sex.

-Oye, y a ti, ¿qué te gusta? ¿Qué escuchas? -preguntó irónico.

Les respondí que Aute, Sabina, Silvio Rodríguez, Javier Bergia, Moustaki. También música clásica (barroca, sobre todo).

-Ah, claro, ya lo comprendo -respondió, como si pensara que la vida me estaba idiotizando-. Ya lo comprendo. Todo muy profundo, muy filosófico y tal... Ya.

Cuando llegamos a la discoteca nos llevamos una grata sorpresa: se acercaron dos chicas de nuestra edad y nos preguntaron si podían pasar por la puerta con nosotros, como si fueran nuestras novias.

-Es que las chicas -explicaron ellas- no pagan entrada si van acompañadas. ¿Os importa que pasemos con vosotros?

Dios existía.

-¡No, no, no! ¡Vale, vale, vale! Si por nosotros vale.

Repito: por entonces, yo tendría unos veinticinco. Estaba escribiendo una tesis sobre personajes femeninos en la literatura hispanoamericana y el destino había querido que una chica de mi edad, alta, con el pelo negro, largo y ensortijado, simpática y guapa, casi una heroína de novela de García Márquez, quisiera entrar conmigo a un local.

Se puso a mi lado, me tomó cariñosamente del brazo (hecho que me ruborizó un poco), dedicó al segurata la mejor de sus sonrisas y así pasamos los dos, mejor dicho, los cuatro.

¿Cómo se llamaría? ¿Tendría nombre de personaje literario? ¿De novela de García Márquez?

-Oye, ¿cómo te lla...

No me dejó terminar.

-Bueno, tío, muchas gracias, ¿eh? Nada, que muchas gracias y muy amable, ¿eh? ¡Ciao! ¡Ciao!

Ella y su amiga se perdieron en la oscuridad de la discoteca y mi colega y yo nos quedamos con un palmo de narices. Había sido demasiado bonito para ser cierto.

En la barra nos pedimos dos gin tonics y deambulamos por el local, que era más grande de lo que creía. Había mucho niño pijo y muchos tipos a los que, sorprendentemente, les picaba la nariz. Mi amigo no se daba cuenta de nada, estaba feliz: disfrutaba con la gente sólo viéndola bailar.

-Yo aquí me siento un infiltrado -le confesé-. Me siento fuera de sitio. Te lo juro.

-Eso es lo que mola, Juampe. Relájate y disfruta.

-Es que, joder, no sé si el de la lado me está metiendo el codo en el cubata o soy yo el que sin querer se lo está metiendo a él, porque aquí hay demasiada gente. Demasiada.

De repente, sonó una música y a mi amigo se le abrieron los ojos como platos. Él dijo:

-Uuuuuuhhhhhhhhhhhh, uuuuuhhhhhhhhhhhh. ¡Baby, baby!

-Dios, Willy, no me hagas pasar vergüenza, que parece que te está viniendo un orgasmo.

-Casi, Juampe, casi.

-¿Qué?

Mi amigo empezó a cantar:

Looking for some education
made my way into the night
All that bullshit conversation
Well baby can't you read the signs?

Lo comprendí: esa música era de George Michael, Fast love. Mi amigo empezó a bailar como lo hacía él en el videoclip de la canción. He de confesar, para ser honestos, que lo hacía bien; pero quizá era un poco exagerado.

-Venga, coño, Juampe, baila. Sé feliz.

-Que me da corte, Willy.

-¿Sabes por qué admiro a este tipo? -dijo mi amigo señalando con el índice al aire, como si George Michael planeara sobre nuestras cabezas-. Porque es un tío valiente, un tío que se repone después de cada golpe y luego pasa del qué dirán. Vamos, Juampe, ¡libérate y sé feliz por lo menos un rato!

Qué coño, mi amigo tenía razón. Así que empecé a mover un pie y luego otro. Le sonreí, como queriendo decirle que era un capullo y que me había metido en un gran lío. La música era pegadiza. Me dejé llevar. Todo es posible y muy fácil con veinticinco tacos.

-Venga, ahora, a ver si haces esto -me retó Willy, haciendo un movimiento combinado de cadera y hombros.

Y lo hice, incluso me salió bien, y empezamos a reírnos los dos, reírnos de todo. Hacía días que yo no me reía. Pocos meses atrás había fallecido mi madre, había perdido un trabajo, acababa de pelearme con dos amigos, me refugiaba en la lectura y en la soledad. Y ahí estaba yo, riéndome, bailando a George Michael, sabiendo que la vida da segundas, terceras, cuartas oportunidades.

-¡Eres mi ídolo, Juampe! ¡Así se baila!

Entonces me di cuenta: cuando mirábamos a los demás, ellos nos ignoraban. Ahora que nosotros ignorábamos a los demás, eran ellos quienes nos observaban. Por increíble que pueda parecer, tal era nuestra risa y nuestra felicidad haciendo el gamberro de forma sana, que nos habían hecho corrillo. Lo juro.

Tambien me di cuenta de que mi amigo no tenía un pelo de tonto. Se había hecho el despistado, pero había sido en todo momento consciente de que yo no estaba en mi mejor época y de que necesitaba un pasar buen rato.

Nada más terminar la canción, vi sin querer, al lado de la barra, a las chicas que habían pasado con nosotros. Estaban acompañadas de dos tipos con pinta de buitres. Ellas se nos quedaron mirando, quizá con envidia. Nos sonrieron. Era como si, a su modo, nos presentaran sus respetos. Nosotros también las sonreímos y las dijimos adiós. Era hora de cambiar de local.

Aún hoy sonrío al acordarme de esa noche. Desde entonces me gusta George Michael, algo que mucha gente no acierta a comprender.

Ah, no olvidéis ser felices.

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Sobre maestros de cerremonias y transmisión de experiencias y conocimientos

jueves 24 de septiembre de 2009

Reproduzco a continuación un post de mi bitácora profesional. Creo que debo hacerlo porque no sólo habla de trabajo.

Dentro de unos meses viajaré a una universidad centroamericana para hablar de algo que me apasiona últimamente: la Comunicación 2.0. El viaje (del que, prometo, os daré detalles más adelante) se presenta venturoso: estoy recibiendo muy buenas vibraciones y muestras de profesionalidad de esta universidad que ha contactado conmigo desde el otro lado del mar.

Yo no soy un experto y no pretendo serlo. Soy profesor (y lo digo con mucho orgullo). Y un profesor, etimológicamente, es el que profesa, el que muestra su fe en algo. Es algo así como una correa de transmisión: lleva conocimientos y experiencias de un lugar a otro. Muchas de estas experiencias le han ocurrido a él mismo, dándole un interesante bagaje. En mi caso, puedo decir que en la clases aporto muchas experiencias que me han ocurrido en mis etapas profesionales. Pero, sobre todo, un docente es y debe ser un maestro de ceremonias, un introductor o, mejor dicho, un traductor de conocimientos. Me explico: el conocimiento está ahí, en enciclopedias, en libros, en cuadernos, en conferencias, en Internet. Sí, sobre todo, últimamente, en Internet. El saber está ahí al alcance de todo el mundo y, más o menos, es fácil dar con él y asimilarlo.

¿Qué hace un profesor? En primer lugar, lo lleva a distintos públicos. Escucha, atiende, detecta cuáles son los deseos, carencias, puntos débiles y fuertes del alumno. Y, luego, transforma esa información para que el alumno la asimile mejor: a veces le da la vuelta, cambia ejemplos, recomienda bibliografía para tal o cual caso como si de un medicamento se tratara. En muchas ocasiones, aunque el grupo de alumnos sea grande, el docente debe hacer tratamientos muy personalizados, debe atender persona a persona, teniendo en cuenta sus circunstancias y capacidades. Todo, con tal de que el alumno sea capaz de amar la materia.

Luego, el profesor pone a disposición del alumno sus fuentes de información, sus fuentes propias, a veces personales. Así, cuando él no esté, el alumno puede seguir alimentándose, recibiendo información. No cito aquí mis fuentes personales porque ya he hablado de ellas en alguna ocasión y ellos ya saben quiénes son.

Recuerdo un profesor que tuve en el Instituto San Isidro. Se llamaba Fernando Fandiño y fue uno de los mejores que tuve en Literatura (no quiero dejar de acordarme de Marga, también en Literatura; de Filomena, en Filosofía; de Mª Ángeles y Rosa en Griego). El caso es que Fernando no era escritor o por lo menos no iba de ello. Tampoco iba de experto en Literatura. Pero cuando nos hablaba de ella, os juro que por arte de magia traía con nosotros, allí, a clase, a Pío Baroja, a Antonio Machado, a Luis Cernuda. Hablaba con tanto cariño de la palabra escrita que, cuando leímos El árbol de la Ciencia o La busca, creímos que Pío Baroja había escrito esas novelas sólo para nosotros.

Tengo el objetivo vital de buscar a Fernando y darle las gracias por todas aquellas clases.

Fernando, Marga, Filomena, Mª Ángeles, Rosa. Y tantos profesores que tuve luego en la carrera. Ninguno iba de experto, pero todos demostraban su amor por aquello de lo que hablaban.

Dios mío, tengo la mejor profesión del mundo.

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Consejo para un viajero

sábado 12 de septiembre de 2009

Juan, ¿cuándo te darás cuenta de que la Vida está en el camino y no en el destino al que te obcecas en llegar?

Me hago esta pregunta de vez en cuando. Sucede en madrugadas como ésta, en las que me doy cuenta del verdadero valor que tienen ciertos detalles. Por ejemplo, que mi hija me pida un vaso de agua a medianoche, o que mi mujer, en contra de sus deseos, quiera convencerme de que realice una estancia en una universidad extranjera para obtener puntos que asienten mi currículum como profesor.

Hace un tiempo, Teresa, una amiga reencontrada en esa alejandría digital que es Facebook, envió a sus amigos este poema de Kavafis que, de vez en cuando, leo como si fuera una oración.

Raro sabor de boca es saberse pasajero en tránsito. Extraños pensamientos. El corazón dice una cosa y la cabeza otra. La Vida está en el camino, es indudable. Y qué sencillo y a la vez difícil es vivir así cada paso y cada latido.

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Tesoros y magia

lunes 31 de agosto de 2009

En mi último post hablaba de los pequeños milagros que pueden encontarse en las tardes de domingo y en los días de invierno. La entrada de hoy, quizá, es una continuación de aquélla, que necesito escribir para cerrar el círculo y para que la magia surta efecto.

Hace un par de días días regresamos de la playa y, al llegar a casa, lo primero que hice fue llegar al despacho y vaciarme los bolsillos del pantalón. Encima de la mesa, al lado del teclado, dejé unos cuantos tesoros que encontré este verano y que me prometí escribir para que no se me olvidaran y para que los pudiera desempolvar en tardes de invierno, cuando el frío no nos deje salir de casa o cuando el sol esté perezoso.

Ahí van:
  • Las carcajadas de mi hija Mónica cuando (tras caernos empujados por una ola y atragantarnos) le dije que el agua del mar sabía a gazpacho.
  • La sonrisa y estremecimiento de felicidad de mi hija María cuando me veía rondar por su cuna.
  • La mirada de felicidad de Marta esperando que me gustasen los regalos que me hizo por mi cumpleaños (un roller-ball y un portaminas). No me gustaron: me encantaron. Ya los estoy utilizando, pues estoy escribiendo unos relatos que me están divirtiendo mucho.
  • La felicitación de Mónica, nada más despertarse, nada más abrir los ojos, y darse cuenta de que era el cumpleaños de papá.
  • El placer recuperado de escribir por el mero hecho de hacerlo, nada más. Y si es a mano, mucho mejor.
  • Algunos biberones de María a las cinco de la mañana: tras dárselos, salir a la terraza y ver un mar de estrellas. Increíble. Por cierto, no quiero ir de padre guay: la mayoría de las noches, lo confieso, se levantaba mi mujer.
  • Intentar ponerme a dieta y desayunar tortitas con sirope: sentir que estás cometiendo un maravilloso y delicioso pecado.
  • No comer pan para no coger peso y ponerme ciego a paella.
  • La risa de Marta al comprobar que no tengo remedio.
  • Descubrir en el buffet del hotel la máquina buena de café, la que ponía el preciado brebaje en su punto. Y, por su puesto, schssssss, callarme y no decírselo a nadie.
  • Hacer snorkel (¿se dice así?), nadar al lado de los peces, comprobar, una vez más, que dejar de pescar fue una de las mejores ideas de mi vida: siempre es más bello ver la vida que acabar con ella.
  • Pelearme con una tienda de campaña de ésas que abres en el aire en dos segundos y, si no tienes idea, tardas media hora en plegarla. Al final, vencí como un héroe griego (tras ver en Internet un vídeo de cómo se hacía, claro).
  • Los paseos tras la cena. Hacerme de rogar, hacerme pasar por duro cuando mi hija Mónica, cansada, me pedía que la llevara en hombros. En realidad, estaba deseando hacerlo. Lo del dolor de cuello veinte minutos después es otra historia.
  • Las siestas, ese gran invento.
  • Contar a mi hija Mónica "las aventuras de Ulises" (como llama ella a la Odisea) mientras la baño, la peino y la visto. Fue genial una vez que me lo pidió: "Papá, venga, ¿me las cuentas hoy, sí o no?
  • Conseguir que mi hija María se ría tras llamarla por su nombre y unos cuantos apodos. Ignorar que, en realidad, se ríe con todo el mundo.
  • Hacer fotos a mi hija Mónica justo en el momento en que se tira a la piscina, de bomba, ya sin corchos que la ayuden a nadar (la foto es de ese momento).
  • Sentir que nos quedan muchos veranos más, que el invierno es un prólogo del verano que viene.

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Domingos por la tarde y veranos invencibles

domingo 16 de agosto de 2009

Albert Camus decía, más o menos, que en lo más crudo del invierno encontró dentro de sí mismo un verano invencible. La enseñanza de la frase es clara: a veces, en las circunstancias menos propicias encontramos dentro de nosotros un regalo, un tesoro, una luz que nos anima seguir hacia adelante.

Durante muchos años odié los domingos. Sobre todo sus tardes. Hasta que la suerte quiso hacerme varios regalos ese día. Fue un domingo de cuando tenía quince años cuando mi hermana Carmen me llamó por teléfono para decirme vámonos a montar a caballo.

Más tarde, fueron los domingos los días escogidos para reencontrarme con buenos amigos del pasado.

Durante algún tiempo jugué al fútbol los domingos por la mañana en el equipo de mi querido amigo Ricardo. Era portero y no muy bueno, pero de eso no vamos a hablar ahora.

En domingo, el barrio de Huertas estaba mucho más tranquilo y enseñaba la magia de las calles por donde un día pasearon Cervantes y Lope.

De novios y en los primeros años de casados, Marta y yo solíamos ir al Rastro los domingos por la mañana y luego comíamos por cuatro perras en un restaurante viejo de Lavapiés. Aunque fuera invierno siempre lucía el sol. Confieso que estoy deseando que mis hijas crezcan un poco para que disfruten también del Rastro en domingo, para que comamos todos en un restaurante barato de Lavapiés y sintamos que nada ni nadie puede con personas que se quieren y tienen sueños nobles.

Inviernos crudos. Veranos invencibles. Tempus fugit.

El verano se está terminando. Los días ya son más cortos y dentro de poco volverán las rutinas, los problemas, los atascos, las prisas, las pocas horas de sueño. Pero quién sabe si la Vida tiene preparado para nosotros el mejor de los regalos un domingo por la tarde o en los últimos días del verano. Quién sabe. A mí me gusta pensar que sí.

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